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Una rosa y un clavel

Un clavel bastó para desarmar un enfrentamiento. Era octubre de 1967 y, en medio de manifestaciones contra la guerra de Vietnam cerca del Pentágono, un círculo de hombres armados rodeó a la conglomeración. Un hombre respondió poniendo claveles en los cañones de los belicosos, como demuestra la icónica fotografía Flower Power de Bernie Boston. Aunque parezca lejano, esa flor, el clavel, une esta historia con Colombia, pues el país es “el mayor productor de claveles del mundo”, según Francisco Solano, presidente de Asocolflores.

De acuerdo con cifras de la Asociación Colombiana de Exportadores de Flores (Asocolflores), solo entre enero y mayo de 2018 se exportaron a Estados Unidos 28 toneladas de rosas y 22 de claveles. Sin embargo, lograr esto no es producto del azar. Para que los enamorados en San Valentín tengan un ramo, las manos de Fernando Arenas, ingeniero agrónomo, deben cuidar la flor durante meses (nueve, porque son rosas). Con él, otras 400 personas trabajan en sus fincas de El Redil en Nemocón y Cajicá. Luego, en la poscosecha, la flor se selecciona y se corta según las peticiones de los clientes.

Arenas es solo uno de los colaboradores de los más de 140.000 empleados formales de la industria floricultora. La misma que, desde hace casi una década, empezó a ver en los barcos un medio efectivo
para transportar flores. Luego del
corte, Arenas empaca las rosas y se
llevan a un camión
que las traslada a
un centro de consolidación en Corzo, Cundinamarca,
 donde serán seleccionadas y embarcadas en el contenedor que las llevará por carretera hasta Cartagena en un viaje que puede llegar a durar 40 horas.

Pero, ¿por qué enviar flores a Japón o Estados Unidos por barco y no por avión? Por una parte, esto se debe a la revaluación del peso que asumió el país y que obligó a los floricultores a buscar alternativas viables para el negocio. Pero, también, explica Yimmy Vargas, jefe de operaciones marítimas de Cargomaster, la empresa encargada del transporte de flores, que la logística en barco tiene una ventaja: no rompe la cadena de frío. Este detalle no es menor, pues un aumento en la temperatura puede provocar enfermedades en la flor y afecta, directamente, su vida útil.

INVIERNO CARIBEÑO

El vaho que sale de la boca delata el frío ártico en el que trabajan operarios del Puerto en sus bodegas refrigeradas.

Para entrar, es necesario usar una chaqueta que proteja el cuerpo de las bajas temperaturas y, como consejo, tener las manos en los bolsillos. “Lo importante es que las flores conserven siempre la misma temperatura”, sostiene Mario Gómez, auxiliar de operaciones de puertos fríos del Puerto de Cartagena, quien vela por la cadena de frío y las condiciones sanitarias de productos perecederos.

Desde Corzo hasta Cartagena, afirma Yimmy Vargas, un transportador puede tardar 32 horas, pero las condiciones de seguridad, geográficas y de infraestructura vial hacen que el viaje borde las 40. Durante todo el recorrido las flores van dormidas, en una especie de letargo criogénico, en contenedores especiales que son como neveras gigantes. Si bien depende del cliente, los contenedores tienen una temperatura entre los 0,5 y los 2 grados celsius.

Una vez en Cartagena, el camión debe enfrentar un nuevo alto para ser supervisado. “Vigilar que el camión corresponda con lo que el sistema me anuncia. Su número de ejes y su placa es mi trabajo. Si no, tiene que devolverse”, sentencia uno de los supervisores. Una vez en los patios del Grupo Puerto de Cartagena, el conductor deja su carga donde le indiquen y, solo entonces, las flores pueden pasar a los cuartos fríos.

Contrario a las neveras, en el
 cuarto frío no se almacena nada y 
únicamente se hace crossdocking, que
 es pasar la carga de un contenedor 
a otro “para su respectiva exportación” 
explica Mario Gómez. Pero este no
 es el final del viaje. “Desde que sale de
 Bogotá, hasta que la reciben en el Puerto
de Miami o Fort Lauderdale pueden
 pasar 12 días”, asegura Fernando 
Arenas, y allí empieza una nueva travesía, porque “de Miami, la flor llega hasta la frontera con Canadá y
 Los Ángeles, los extremos más lejanos
de Estados Unidos”. Todo esto para
 que alguien se exprese de manera
 cálida y amorosa a través de una flor
 colombiana, un símbolo del cuidado 
y la dedicación de cientos de colombianos que construyen país todos los días.