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La ciudad que nunca duerme

Por: 
Tomás Tello

Imagine una ciudad en la que todos los edificios cambian semanalmente pero siempre es la misma. Imagine que tiene sus propios sistemas de alumbrado público y de transporte integrado y que cuenta con centro de salud, de tecnología y hasta con una universidad. Imagine que todo esto debe funcionar, en perfecta sinergia, las 24 horas para garantizar su estabilidad los 365 días del año. No hay que imaginar más, pues esto es el Puerto de Cartagena, una verdadera ciudad que nunca duerme.

Con la actividad continua de grúas, camiones, motos y transeúntes de una gran metrópoli, es fácil sentirse como un turista entre sus calles. Sus dos terminales, Contecar y Sociedad Portuaria Regional de Cartagena, están adornadas por cientos de cajas de colores. Estos contenedores, apilados uno encima de otro en bloques inmensos, vistos desde lejos parece que formaran edificios. Pero esas construcciones itinerantes no son producto del azar, su acomodación depende de una cuidadosa organización desde el centro de operaciones, lo que bien podría ser la alcaldía del Puerto, y donde se toman todas las decisiones para su funcionamiento.

Desde el edificio que visitó, en 1934, el expresidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, alrededor de 15 personas se encargan de armar y desarmar estas construcciones en una tarea que no tiene fin. “El espacio destinado a contenedores es finito, la mejor manera de optimizarlo es apilando”, afirma Marcel Álvarez, planeador de patio del Puerto, quien explica que la ubicación de un contenedor depende de cuatro factores: su peso, la longitud, la hora de llegada y la permanencia en la terminal. Así, como si fuera un tablero de Tetris gigante, Álvarez determina cuál de los 34.000 espacios con los que cuenta el muelle es más adecuado para cada contenedor que llega.

Esto no significa que él sea el único trabajador pendiente del embarque y desembarque de los contenedores. Necesita apoyo y para esto tiene supervisores en terreno: uno marítimo y uno terrestre. Katherin Gutiérrez es una de las responsables de las operaciones marítimas y su tarea es supervisar que el movimiento de cada contenedor, desde el barco hasta el muelle, se haga eficientemente. Ya en tierra, esta misión les corresponde a supervisores como Fabián Rojas, quien lleva casi dos años en este cargo. Ambos son jefes de obra de estas edificaciones móviles. Su trabajo consiste en revisar que los camiones y las grúas apilen los contenedores en las posiciones correctas.

Como Fabián, cientos de personas se movilizan en vehículos por todo el puerto, hay señalización, rutas y hasta una suerte de ‘policía de tránsito’ que está pendiente, en todo momento, de que nadie incumpla las estrictas normas de seguridad. Eso sí, a diferencia de otras ciudades, aquí todo está planeado y por eso hay una persona encargada de “verificar que los camiones necesarios para la operación de las grúas estén completos y vigilar sus tiempos”, como aclara Selwin Pardo, controlador de camiones.

Fungiendo de burgomaestre de los ires y venires de los contenedores está el director de Operaciones y quien lleva la batuta para que el personal de operaciones en turno trabajen al unísono, además de “sacar el mayor rendimiento posible con los recursos que contamos”, afirma. Un error de comunicación o el más mínimo descuido, puede significar no cumplir la meta que tiene todo este equipo: mover mínimo 36,5 contenedores por hora.

Para evitar estos contratiempos y accidentes es necesaria una capacitación constante, por eso los más de 1.000 ciudadanos del Puerto deben asistir a clases en el Centro de Entrenamiento Tecnológico y Portuario que cuenta con el aval de la Secretaría de Educación Distrital, la universidad portuaria. “Uno de nuestros objetivos es minimizar la ocurrencia de accidentes y el control de pérdidas”, declara Camilo Gómez, quien da una clase sobre las cargas especiales como el cloro. Detrás suyo, 15 estudiantes están en completo silencio en medio del parcial final del curso.

A pesar de su organización, ni el Puerto se salva de las horas pico. A las cinco de la tarde, en todos los paraderos hay filas de personas esperando el bus que lleva a la salida. Una vez allí, como si se tratara de una estación de metro, los torniquetes no dan abasto. Sin embargo, justo cuando sale el último hombre, otra fila espera poder entrar, subirse al bus, llegar a sus puestos y hacer como si nunca se hubiera ido nadie, porque esta ciudad nunca se detiene.