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Cartagena y su puerto: una misma historia

Por: 
Juan Gossaín

Miren con cuidado lo que voy a decir: la historia del puerto de Cartagena es anterior a la historia misma de la ciudad porque al puerto lo descubrieron treinta años antes de que la ciudad fuera fundada. Cómo así, dirán ustedes, intrigados, si eso no tiene sentido porque la lógica indica que primero fundaron la ciudad y después construyeron el puerto.

Entonces, como soy yo quien sostiene lo contrario, y quien hace semejante afirmación, debo admitir que la carga de la prueba corre por mi cuenta, como dicen los abogados. Soy yo, en consecuencia, quien tiene la obligación de demostrar lo que dice. De manera que ahí voy. Pero empecemos por el final, para que el relato sea más apasionante.

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”, escribió Antonio Machado, aquel incomparable poeta español, el mismo que les recordaba a los caminantes que solo se hace camino al andar. Mi infancia, en cambio, y por extraño que parezca, son recuerdos de una emisora de radio que pasaba el día entero sintonizada en todos los receptores, y se oía en cualquier parte, donde uno metiera la cabeza o acercara la oreja, en la ciudad amurallada o en los barrios periféricos, en los mesones de las empanadas chinas y en las fresquerías del mercado público.

Era Radio Vigía de Cartagena, la estación fundada por la familia Fuentes, que se volvió una insignia con profundo arraigo popular. Todavía oigo resonar en mi memoria, cuando le doy manivela en reversa a la máquina del tiempo, sus célebres avisos destinados a los trabajadores del Terminal Marítimo, que la ciudad acabó aprendiéndose de corrido para repetirlos en los buses y en los corrillos que se formaban en el Camellón de los Mártires cuando llegaba la hora de la sobretarde, a coger la brisa fresca que venía del norte.

“Atención, trabajadores del Terminal”, decía la voz profunda de un locutor, bajándole el volumen al disco fiestero que estaba sonando en ese momento. “Para las tres de la tarde de hoy se necesitan cuatro güincheros, seis aguateros y una cuadrilla completa de estibadores”. Luego volvían a subirle el estrépito al disco, y la gente seguía bailando las canciones con trabalenguas de Eliseo Herrera. Diez minutos después volvían a transmitir un aviso similar para otro grupo de trabajadores portuarios. Así se pasaba el día entero.

Yo, que a duras penas levantaba una cuarta del suelo, y que todavía usaba pantalones cortos porque mi madre se negaba a hacerme hombre antes de tiempo, según sus palabras, había llegado desde San Bernardo del Viento en una goleta cargada de gallinas y plátanos. Los siguientes ocho años estuve estudiando interno en el Colegio de la Esperanza.

Ahora caigo en la cuenta, solo ahora, mientras escribo estas líneas: ni en aquella época ni en la cantidad de años que han pasado desde entonces supe nunca lo que era un güinchero. El instinto me dice que es una palabra derivada del inglés. Por pura curiosidad me dan ganas de interrumpir aquí, un momentico, nada más, mientras me pongo a investigar.

Pero desisto de hacerlo porque comprendo que a las añoranzas y recuerdos es mejor dejarlos como están, puros y genuinos, sin meterles tanto raciocinio. Que los arrulle el tiempo. Prefiero seguir navegando en estas aguas de lo que ha sido la formidable historia del puerto de Cartagena, tan unido a la propia ciudad como dos cuerpos siameses. Por eso es que en aquellos años todos los cartageneros se sabían de memoria los avisos de Radio Vigía, y los repetían con los ojos cerrados, como si estuvieran recitando una lección, porque no había familia que tuviera un trabajador en el Terminal o que no dependiera de él. Esos anuncios son la forma de convocatoria más efectiva que he conocido en mi vida.

Es que, para decirlo de un solo golpe, la historia de Cartagena es la misma historia de su puerto, desde que lo avistaron los ávidos ojos de pioneros europeos que se aventuraban por estas tierras de Dios.

Un notario aventurero          

Los propios nativos de Cartagena alimentan la creencia de que fueron Pedro de Heredia y sus expedicionarios los primeros españoles que llegaron al sitio que hoy ocupa la ciudad que ellos habrían de fundar.

La verdadera historia es muy distinta y demuestra, de una vez por todas, que primero llegaron los navegantes y después los fundadores. Es decir, y por extraño que parezca, que la historia del puerto es anterior a la historia de la ciudad.

Los hechos pasaron de la siguiente manera. Rodrigo de Bastidas era un notario sevillano, inquieto y de espíritu aventurero, que acompañó a Cristóbal Colón en uno de sus viajes. Regresó a España. Pero, al poco tiempo, retornó a América picado por el afán de ver en detalle lo que era ese nuevo mundo. Primero estuvo en Cuba y después recorrió lo que posteriormente sería la frontera entre Colombia y Venezuela.

Organizó una expedición que partió desde la península de La Guajira, que entra en el mapa como si fuera la cabeza de Colombia que está bañándose en el mar, y poco después, navegando agua arriba, en sentido contrario a la corriente, descubrió el río Magdalena y su desembocadura en Bocas de Ceniza, afuera de lo que es la actual Barranquilla.    

Bastidas siguió viajando con sus embarcaciones y acabó por descubrir todo el litoral caribe colombiano, hasta llegar a Panamá. El escribano Bastidas era tan vanidoso que en tierras panameñas fundó un pueblo con su propio nombre. De manera, pues, que, al pasar por aquí, se convirtió, hasta donde se sabe, en el primer europeo que avistó la bahía de Cartagena.

El oro de una mañana luminosa

Era los primeros días del verano de 1503. Había mucho viento y el mar estaba tan embravecido que en sus apuntes de viaje Bastidas recuerda que vomitaba toda la noche. Pobre hombre. Todavía faltaban treinta años para que Heredia apareciera por aquí. Y solo habían pasado once años desde el descubrimiento de América.         

En uno de esos amaneceres espléndidos, mientras el sol iba apareciendo por encima del mar de los caribes, la expedición de Bastidas pasó por una bahía cerrada, magnífica para desembarcar, tan compacta que él la confundió con un golfo. Así lo registra en sus memorias.

Pero los descubridores no se detuvieron. Tenía prisa. Ni siquiera dispusieron de tiempo para percatarse de la tribu que se asentaba a lo largo de la costa, en una pequeña aldea llamada Karmairí, hermosa palabra que en lenguaje nativo significaba cangrejo. De modo, pues, que Bastidas y sus hombres siguieron de largo, enfebrecidos por sus hallazgos, buscando, mirando y saqueando, porque todo hay que decirlo, y se llevaban mujeres, comida y el poco oro que encontraban, que tampoco era mucho.

(Ya que menciono el oro, permítanme que les diga, como si fuera entre paréntesis, que los caribes eran más bien pobres, como casi todos los nativos que los españoles encontraron en el territorio de Colombia, a diferencia de los tesoros que hallaron en el Perú o en México y la plata de Bolivia. Pobres en bienes materiales, quiero decir, ya que eran verdaderamente ricos en materias culturales. Basta con mirar las maravillas en materia de arte y artesanía que encontraría un pariente del propio Heredia, llamado Diego, en sus correrías por el espléndido valle del río Sinú, en lo que hoy son las sabanas de Córdoba, al otro costado del mar).    

Mientras tanto, los aborígenes, con sus canoas cargadas de pescado y frutas, seguían comerciando con los demás pueblos de la región, cambiando plátanos por tabaco y yucas por camarones. Bastidas regresó de Panamá, deshaciendo el camino andado, volvió a seguir de largo y en 1525 fundó Santa Marta, que es hoy la ciudad más antigua de Colombia.

Entonces, a mediados de 1533, asomaron en el horizonte las quillas de Heredia. A partir de ese momento, la historia de la ciudad y la historia de su puerto quedaron ligadas para siempre, como si fueran una sola, porque en realidad lo son. Para que no haya lugar a más equívocos: Heredia fue el fundador de la ciudad, pero el descubridor del puerto incomparable había sido Bastidas.

Al amanecer del 1 de junio de 1533 desembarcaron los fundadores, trastrocaron el nombre del caserío, le dieron una fonética española llamándolo Calamarí  y al pie de sus naves, frente a aquella misma bahía que Bastidas había confundido con un golfo, fundaron la gloriosa ciudad, la del futuro martirio, la heroica, a la  que bautizaron Cartagena de Indias, “bien nacida y bien nombrada”, como escribiría bellamente, más de cuatrocientos años después, la poetisa Meira Delmar.              

Adelantado y pendenciero

Antes de seguir avanzando a grandes zancadas con la historia, que a veces camina a paso lento pero en otras ocasiones parece andar al galope, es bueno que nos detengamos un momento a mirar los orígenes de Cartagena, por cuanto los hechos demuestran que su padre no fue un aventurero audaz, ni un perdonavidas, ni su fundación fue un capricho de la casualidad.

Hay que comenzar diciendo que Pedro de Heredia no era uno más entre las riadas de españoles anónimos y sin futuro que llegaron a América en busca de un destino. Era de origen hidalgo y, además, un adelantado, título que en aquellos tiempos solo se concedía a altos dignatarios del gobierno español. Adelantado era el hombre al que la corona le encargaba misiones oficiales y delicadas de carácter militar, judicial o administrativo. Los eruditos comparan su categoría, desde el punto de vista civil, con el mismo rango que tenían un almirante o un general en las fuerzas militares.

Está comprobado que Don Pedro, como lo llamaban sus subalternos, era un hombre de malas pulgas, pendenciero, galán enamoradizo de capa y espada. Se batió en varios lances de amor con sus rivales, y en uno de ellos le rebanaron con el filo de la espada buena parte de la nariz. Pero lo cierto es que en Cartagena de Indias vivió más bien solitario, porque su esposa nunca quiso abandonar España. Su carácter explosivo y su temperamento de pólvora lo obligaron a pasar buena parte de la vida entre conflictos y demandas, procesos judiciales, litigios, acusaciones. Fue sindicado de la muerte de varios enemigos.       

La verdad histórica es que aquel día, aquel primer día de junio, Heredia dio orden de atracar en la misma bahía que había visto Bastidas, tan útil para cargue y descargue. Entonces sus hombres avanzaron hasta la aldea de Calamarí, situada en los últimos pliegues de la bahía, y algunos de ellos, dándole más volteretas al nombre, terminaron llamándola Calamar. La fundación no fue un golpe de suerte ni un regalo de la diosa fortuna, como tantas otras en Colombia y América. Llegaron al sitio exacto porque habían viajado expresamente en su búsqueda. El adelantado echó rodilla en tierra, dio gracias a Dios y tomó posesión en nombre de la metrópoli europea. Fue un acto oficial, organizado y previsto.

Tampoco eran las suyas unas tropas harapientas, caóticas, llenas de entusiasmo pero sin formación profesional, como solía suceder por ese entonces en la avanzada española sobre las nuevas tierras. Venían tan organizados, y tan preparados para lo que les esperaba, que trajeron nada menos que cuatro batallones de soldados, que en aquellos tiempos se llamaban “huestes”.

Con esas brigadas, y protegido por sus hombres, habría de explorar Heredia, a partir de ese instante, parajes tan lejanos que logró llegar hasta el territorio que hoy ocupa Antioquia y todavía más allá, hasta el norte del Tolima, nada menos.       

El nombre, el heroísmo, la gloria

Se han tejido muchas leyendas y consejas sobre las razones que tuvo Heredia para ponerle a la ciudad el nombre que le puso. Cuando yo era niño  --por allá en el siglo doce--, los maestros de escuela nos enseñaban una hermosa explicación. Nos decían que ello se debió a que la bahía de la ciudad, y su entorno, le recordaron al adelantado la geografía similar de Cartagena de Levante, la antiquísima ciudad española situada hoy en la comunidad autónoma de Murcia, y en la que viven actualmente unas 500 mil personas, menos de la mitad de las que habitan en su heredera de América.

Otros historiadores, sin embargo, se acogen a una explicación ligeramente distinta. Sostienen que Heredia, siendo madrileño, ni siquiera conocía la Cartagena de Levante. Cuando llegó a América organizó su expedición en la isla de La Española, que hoy ocupan Haití y la República Dominicana, y la mayoría de los marineros que se enrolaron con él eran oriundos de Cartagena. Dicen que el bautizo se produjo en homenaje a ellos.

Lo que no admite discusión es el origen del nombre. Doscientos años antes de Cristo, los fenicios, navegantes audaces que poblaban el norte de África, y que inventaron las letras y el comercio, llegaron a tierras españolas, la venerable y antigua Iberia, y fundaron aquella población a orillas del Mediterráneo. Le pusieron Cartagena, que es una especie de derivación de su propia Cartago. Muchos años después, cuando las legiones romanas invadieron el suelo español, le hicieron una variación al nombre, poniéndole Carthago Nova, o Nueva Cartago, que era lo mismo, pero en latín.

Volvamos a nuestra historia americana. Regresemos a la Cartagena de Indias. El mar le dio origen, el mar sería su vida a partir del nacimiento. Heredia la convirtió, porque a eso había venido, en un verdadero puerto del Nuevo Mundo y en un baluarte militar. 

No voy a cometer ahora la simpleza de repetir su historia gloriosa, la construcción de murallas y baluartes, la hermosura incomparable de la ingeniería civil ni la epopeya de su heroísmo, su victoria contra la Armada Inglesa ni su sacrificio numantino de 1815, ante le reconquista del general Pablo Morillo, cuando la Ciudad Heroica prefirió morirse.              

El puerto ha sido tan fundamental en la vida de Cartagena, que los historiadores más serios coinciden en afirmar que la clave de su grandeza fue el comercio marítimo. Nativos y turistas suelen preguntarse por qué la España colonial hizo lo que hizo en Cartagena, las mayores fortificaciones de América, el cinturón de murallas, baluartes y castillos, el Palacio de la Inquisición, los balcones donde suspiran los enamorados. Todo eso, todo, tiene una sola explicación: el comercio, el mar, el puerto.

El gran comercio

Casi desde el mismo día de su fundación, Cartagena de Indias se convirtió en uno de los puertos más importantes de América y lo siguió siendo a lo largo de toda la época colonial, hasta su independencia en el siglo diecinueve. Es bueno advertir, desde ahora, que ese comercio no solo produjo prosperidad y riqueza, sino también, y de manera admirable, un patrimonio artístico y cultural. Ahí está la ciudad entera para comprobarlo. Su primera riqueza es, sin duda, su propia arquitectura. 

Fue esa misma condición de enlace económico entre los pueblos americanos y Europa lo que desató, precisamente, la codicia de los piratas sobre Cartagena. Procedentes de todos los rincones de América del Sur, se acumulaban en esta ciudad las mercaderías más variadas a la espera de la flota de galeones: oro en bolsas, plata, animales tan exóticos como el loro, plantas medicinales y de cocina, pasajeros, tabaco, carne de cerdo en salmuera, maíz, gallinas, caña de azúcar, monedas de oro. Un botín apetitoso para el saqueo.

A manera de elocuente ejemplo de lo que fue esa incesante actividad comercial,  el respetado historiador Moisés Álvarez, director del Museo Histórico de Cartagena, dice que desde este puerto partió “el primer cazabe  que probaron en las cortes españolas”. Lo hacían los indios en los playones del río Sinú, cocinando el afrecho de la yuca, y a veces era peligroso: algunas variedades de yuca eran venenosas. 

El ataque constante de los corsarios ingleses, franceses, holandeses y de medio mundo obligó a que España fortificara la ciudad como ninguna otra lo fue en territorio americano. Las murallas que la rodean como un cinturón, los castillos y baluartes, los fuertes y contrafuertes nos enseñan la especial estimación que la corona sentía por su joya del Caribe.

Al principio de la colonia todas las embarcaciones españolas que llegaban a Cartagena salían del puerto de Cádiz y, en algunas ocasiones, antes de su arribo, hacían una escala en La Habana y también en Portobelo, que en ese tiempo era el lugar de las grandes ferias de vendedores y compradores, y que hoy queda en jurisdicción de Panamá.

Era tal el movimiento portuario que, según estadísticas de ese tiempo, en el año de 1705 llegaron a Cartagena cien galeones españoles, a un promedio de ocho galeones cada mes.

Pero sería injusto pensar que el monumental auge comercial de Cartagena se debió únicamente a su ubicación geográfica o a la maravilla que significaba aquella bahía mansa y segura que Bastidas había visto por primera vez. No es posible dejarlo todo en las manos de Dios y de la madre naturaleza. La verdad es que los empresarios afincados en Cartagena, españoles o criollos, se empeñaron en darle a su trabajo una seriedad profesional.

Crearon rutas especiales para la navegación, abrieron oficinas en España, contrataron a delegados suyos y establecieron numerosas innovaciones en los ajetreos  comerciales. De modo que, al final del imperio español, cuando los pueblos  del continente entero empezaron a independizarse, animados por los filósofos franceses de la Ilustración y el Siglo de las Luces, ya Cartagena era el primer puerto del Caribe y la América del Sur.

Una epopeya de titanes

Aquí vale la pena detenerse un instante, antes de seguir adelante con lo que pasó después de lograda la libertad colombiana, para dejar registrado que, según consta en los documentos españoles de la colonia, conservados en el Archivo de Indias de Sevilla, que por Cartagena se movilizó la inmensa mayoría de la carga que salía o llegaba al Nuevo Reino de Granada. Sin embargo, la ciudad disfrutó poco de los tributos que ella misma generaba porque estaban controlados por el gobierno central, desde Santafé de Bogotá, que solía enviarlos directamente a Madrid.

Ahora sí, continúo. Tal como lo hemos visto, el mar ha sido el factor decisivo en la vida emocionante, heroica, desgarradora a veces y a veces festiva, de Cartagena de Indias. El mar trajo a los descubridores y a los fundadores, el mar trajo el progreso pero también trajo a la piratería. El mar es la clave.

Pero allí detrás del mar, un poco escondido, un poco perdido, estaba el elemento complementario, la rama que le faltaba al árbol, el otro caudal de progreso, ya no para conectarse con el mundo entero sino con el resto de Colombia. Allí estaba el río Magdalena, viajando de sur a norte por la variable geografía del país, lamiendo las orillas del 72 por ciento del territorio nacional.

Es bueno dejar sentado que, desde los primeros tiempos de la colonia, los gobernantes españoles de Cartagena y numerosos vecinos, pensando especialmente en el comercio al menudeo por pueblos y aldeas, habían tenido la idea de unir las ciénagas vecinas con el río. Decían que resultaba irónico poder conectarse con Europa pero no con el interior de su propio país, sobre todo si se tiene en cuenta que los caminos eran pocos e intransitables. La verdad es que no contaban con la técnica ni el dinero para hacerlo posible.

Fue entonces, a mediados del siglo diecisiete, cuando apareció el hombre providencial, mandado por el destino. Se llamaba Alonso Turrillo, un ingeniero militar que ejercía como gobernador interino de Cartagena, y fue él quien tuvo la idea de unir la bahía con el río a través de la ciénaga de Matunilla. Le escribió una carta al rey de España, pidiéndole cien mil pesos para hacer la obra, y nunca recibió el dinero. La verdad es que ni siquiera le contestaron la carta. El nombre de Turrillo desapareció en los polvorientos anaqueles de la historia. Qué tanto es una injusticia más.

Hasta que llegó un gobernador nuevo, Don Pedro Zapata de Mendoza, y encontró abandonado el viejo proyecto. Fue él, alma bendita, quien tomó la decisión rotunda: regaló su propio sueldo y comprometió su firma como fiador en varios empréstitos. Así consiguió los primeros treinta mil pesos para iniciar la obra.

El propio gobernador ordenó, por medio de una ley, que todos los indios y negros que se encontraran desde Cartagena hasta Tolú tenían la obligación de trabajar en la apertura del Canal del Dique. Les daban la comida diaria y les pagaban ocho pesos al mes, el mejor sueldo que se había visto por estas tierras.

Dos mil hombres, con picos, palas, azadones, hachas, machetes, y hasta con las uñas, trabajaron durante seis meses de día y de noche, sin desmayo, y abrieron la nueva ruta. Construyeron 113 kilómetros desde Calamar hasta Cartagena. Fue una epopeya, qué duda cabe. Fueron unos héroes. Imagínese usted, no contaban ni con una humilde carretilla. Para qué vamos a hablar de una excavadora. Ni siquiera un motorcito para remover el fango o para achicar el agua.      

Inauguraron el canal en 1650, hace ya 366 años. Saque la cuenta. Y ahora lo estamos dejando perder en medio de tanta desidia e indolencia.

Los años de Colpuertos

Pasaron los años. En 1811 los cartageneros se declararon independientes y en 1815 apareció la reconquista española. Fue en ese momento, como ya dije, que la ciudad, sitiada por tierra y mar, mostró cuál era el verdadero tamaño de su heroísmo. Prefirió morirse antes que rendirse. En cuatro meses perdió la mitad de sus 16.000 habitantes. Cuatro años después, en Boyacá, el general Simón Bolívar libertó a todo el país. “Salve, Cartagena redentora”, exclamó Bolívar cuando llegó a sus puertas.

Finalizando ya el siglo diecinueve, en medio de guerras civiles y revueltas incontables, el gobierno de la República tuvo el cuidado de hacerle unas obras complementarias al puerto de Cartagena: se dragó el Canal del Dique, se le construyó un muelle en Calamar y empezó a operar el ferrocarril que buscaba conectar la bahía con el río Magdalena.

En esas estábamos cuando el Estado colombiano volvió sus ojos hacia Cartagena y ordenó que se construyera el terminal marítimo del barrio de Manga, frente al corazón de la legendaria bahía. Fue inaugurado en 1934, cuando se iniciaba la primera presidencia de Alfonso López Pumarejo.   

En 1959 el centro amurallado de Cartagena fue declarado patrimonio nacional de Colombia por el gobierno del presidente Lleras Camargo, tal como veinticinco años después la Unesco decidiría que la ciudad es patrimonio de la humanidad entera. Así llegamos al año de 1961, cuando la administración del terminal fue separada del Ministerio de Obras Públicas y entregada, como todos los demás puertos nacionales, a un nuevo organismo que se llamó Puertos de Colombia, conocido popularmente por su nombre comprimido de Colpuertos.

Pasaron otros treinta años hasta que ya no fue posible aguantar más abusos y desmanes. Quedaba muy poco de aquella época en que convocaban a los güincheros y estibadores por Radio Vigía. El mundo había cambiado de un modo frenético. Colombia no fue una excepción. El desgreño burocrático tenía a los terminales marítimos al borde del desastre. Lo que se veía venir era una auténtica hecatombe. Para mencionar un solo ejemplo de lo que estaba pasando, hace poco vi una fotografía amarillenta, tomada en aquel entonces, que muestra un letrero colgado de una pared en el terminal de Cartagena. Sería cómico si no fuera trágico. Dice así: “Prohibido robar en este patio”.   

Las estadísticas, que son tan testarudas como todos los números, y de una gran elocuencia, además, indican lo siguiente: en la década de 1980 Colpuertos tuvo pérdidas durante siete años consecutivos que en un solo año, el 89, fueron superiores a 14 mil millones de pesos. Agobiada por la politiquería, que la usaba como caja menor, en 1990 la empresa tenía 8.177 empleados, de los cuales, según un estudio de la Contraloría General, sobraban 3.273. El 40 por ciento, nada menos.

Cada día estallaba un nuevo escándalo relacionado con Colpuertos. En los dos años que van de 1977 al 78, el Terminal Marítimo de Cartagena estuvo inactivo el 50 por ciento del tiempo y un 40 por ciento el de Buevantura.

Semejante situación era insostenible. La corrupción hacía metástasis. Hasta que en 1991 el presidente César Gaviria logró, contra viento y marea, navegando aguas arriba, que el Congreso Nacional aprobara la Ley que ordenaba liquidar ese monstruo moribundo. Se inició entonces el proceso de privatización de los puertos.           

Epílogo

Ahora, sentados en la mecedora de las tardes, frente al mar, cogiendo la fresca del viento que sopla desde el norte, conversando de cuanto tema mandó Dios al mundo, son varios los cartageneros que, con un tono de lamento, me han contado lo que pasó en esa época, hace ya veinticinco años.

Había en Cartagena un capitán de la Armada Nacional, en uso de buen retiro, llamado Alfonso Salas Trujillo. Había venido de joven desde sus tierras del Huila, lejos del mar pero a orillas del río, a estudiar en la Escuela Naval de Cartagena. Como tantos otros muchachos del interior del país, fue marino cartagenero, se afincó aquí al terminar su servicio activo, se casó con una jovencita de la ciudad, fundó una familia y se puso a trabajar.

Cuando el gobierno ordenó hacer concesiones portuarias a empresas privadas, Alfonso Salas comprendió que esa era la oportunidad que había esperado toda su vida. Inventó una Sociedad Portuaria de Cartagena y salió a la calle, maletín en mano, a convencer a algunos empresarios para que le compraran las acciones.

--Cada vez que mi papá veía venir al capi --me dicen ahora los de la mecedora--, salía corriendo a esconderse.

Uno de ellos, por lo que me han dicho, estuvo a punto de matarse en el intento de saltar una paredilla, huyéndole a Salas. No era para menos: la palabra terminal  se había vuelto sinónimo de corrupción y de maldad. Nadie quería mezclar su nombre en eso.  Pero salas insistió tanto que lo logró.

Hoy la Sociedad Portuaria es un orgullo de los cartageneros, incluso de los que salían corriendo, que lamentan no haber participado en la empresa. Por mi parte, yo, que no sé cuánto pesa una tonelada, puedo decir que me solazan el espíritu sus instalaciones, el jardín zoológico bajo los árboles, con los flamencos más coloridos que he visto en la vida y los conciertos que ofrece la Sociedad Portuaria, bajo la luna amorosa de enero, durante el Festival Internacional de Música. Ya no hay letreros que prohíban robar en ese patio.

Cada vez que veo a un turista descender sonriente de su crucero, recuerdo a Rodrigo de Bastidas, aquel pionero que vio el puerto por primera vez. Espero que él también esté mirando, desde dondequiera que se encuentre, y que sienta la misma complacencia. Y que ya no siga vomitando, pobre hombre.